Últimamente tengo muchas ganas de llorar.

Porque lo bonito me excede.

Nunca entendí por qué dejamos de llorar cuando crecimos. En algún momento aprendimos a contenernos, a disimular lo que sentimos, a encontrar explicaciones para todo, como si la fortaleza consistiera en permanecer intactos. Pero el cuerpo sabe cosas que la razón nunca termina de comprender. Hay momentos que no caben dentro de uno y, cuando eso sucede, las lágrimas aparecen para hacerles espacio.

No creo que exista algo más humano que permitir que la vida nos conmueva. Sentir hasta que el cuerpo responda por sí solo. Y aceptar que también ahí hay una forma de estar vivos.

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